CAPITULO 1 - LA SUMISIÓN

Límites. Esa palabra estuvo dando vuelta en mí cabeza durante días. Pensará igual que yo. Estará interesado en el BDSM. Miles de preguntas llovían en mí y ocupaban la mayor parte de mí tiempo. ¿Buscábamos lo mismo?.
Siempre me caracterice por ser quién toma las riendas, lo que podríamos nombrar como Dominante. Pero esta vez, al sentir el primer golpe, supe que no sería así, no quería dominar, quería someterme.
Fue así como de un encuentro casi “vainilla’ esto se convirtió en la mejor experiencia sexual que alguien puede vivir en su vida. Créanme, cuando digo esto no miento. Lo más excitante, no lo buscamos, esto nos encontró y nos unió en una relación especial y diferente. Porque así somos, diferentes y nada normales. Sin esto, no habríamos de estar acá.
Leyendo, investigando y estudiando todo lo que más podía, empezamos a hablar de esto. Del placer que nos generaba, a mí sentir el dolor y a él, causarlo.
Nunca pensé que esto iba a pasar. Pero pasó y no quiero que se termine.
Sin muchos rodeos, llegamos a lo que denominamos nuestra primer sesión. Repleta de juguetes. Los más interesantes unas esposas y un látigo. Ambos habían sido específicamente elegidos por mí para este encuentro. Creo que comienzo a denotar mí sed de perfección y mí anhelo de que nunca se olvide de mí.
Somos amo y esclava.
Y fue así como empezó esto, como empezó la sumisión. Y cómo llegamos al momento del encuentro. Tan bien preparado.
Lo espere con un portaligas negro con sus respectivas medias. Pollera de cuero negra, corta, muy corta. Y con un corpiño de encaje al compás de la sensualidad de mis labios rojos carmín. Mí pelo, disciplinado como mí rol de sumisa. Una cola de caballo bien alta con una trenza. El amo debía agarrarse bien fuerte de ahí, debía ser su sostén.
Llego. Lo espere descalza. No quiso. Me abofeteó. No lo esperaba. Me excitó. Fui en busca de mis zapatos. Cuando lo siento detrás de mí. Agarrando bien fuerte mis senos, apoyandome su pene erecto detrás. Debo confesar, no podía caminar de la excitación, mí deseo era girarme y bajarle el pantalón y practicarle sexo oral. Pero debía obedecer. Soy su esclava, él mí amo.
Ya sobre mis tacones aguja. Parada a su lado. Me venda los ojos. Mí corazón late fuerte, muy fuerte. Me besa. Sus besos me transportan a otra dimensión. Incluso hasta en algo tan sencillo como un beso, conectamos. Me agacha, y me hace succionarle el pene. Lo podría hacer miles de veces más, deseaba esto, realmente lo hacía.
Abrí mí boca. Y comencé a moverla de adelante hacia atrás, suavemente aumentando paulatinamente la intensidad. Sé que a él le gusta que me den arcadas y yo quiero que llegue tan al fondo y no poder respirar. Por eso, lo agarro muy fuerte de sus glúteos y lo aprieto contra mí con mí boca abierta y su pene en ella. Y me la meto tan a fondo, que siento como me cuesta respirar. Mis arcadas son en realidad gritos desesperados de asfixia, algunos son realmente ahí arcadas, otros soy yo pidiéndole que la saque porque está tan adentro que me obstruye las vías respiratorias.
Me gusta asfixiarme.
Me pone de pie. Me acerca a la mesa. Estaba totalmente desorientada. Me ata los pies, uno a cada lado de la mesa. Las manos, por su parte, esposadas y atadas. Boca abajo. Siento como algo suave recorre mí cuerpo, plumas, eso era, me excita cada vez más. Sabía que después de algo tan suave, tal sutil, vendría algo fuerte, liberador. Y fue así como sentí el primer latigazo.
Fue la primera vez en mí vida que alguien me pegó. Se sintió como algo explosivo. Algo que de alguna manera me hacía desear más. Me hacía desear que siguiera con eso, el liberándose con cada golpe y yo retorciéndome de placer. Sentía como empezaba excitarme cada vez más. Cómo mí zona íntima comenzaba a mojarse.
Deseaba con cada latigazo, cada vez más que me penetrara. Quería sentirlo adentro mío. Mí cabeza vuela, delira. Fue así que entre azotes, siento como delicadamente corre mí tanga negra de encaje, y me introduce su pene erecto. No quería que esto terminase jamás.
Una y otra vez entre golpe, caricias, tuvimos sexo, del mejor. De repente se aleja, buscando algo. Vuelve. Siento como el aceite de olor a flores recorre mí espalda, como se escurre entre mis glúteos. Y siento su mano justo ahí, entre mis nalgas. Precisa, aceitandome.
Nunca nadie me había hecho algo así. Era la primera vez. Él lo sabía o tal vez no. Pero mí cuerpo estaba totalmente entregado a ese momento. Y siempre con un tabú respecto al sexo anal, el mismo se fue tan rápido como llegó. Sentí como me penetraba. Fue algo intenso, diferente. Todo era distinto. Me gustaba. Mucho. Quería que siga y así lo hizo.
Fue tanta la excitación, tanto el clímax al que llegamos que rompí las esposas como cual pedazo de papel. Me desate las manos y agarre firmemente su cabeza mientras seguíamos así.
Me desata los pies y me lleva hasta el sillón. Comienzo a realizarle nuevamente sexo oral, esta vez con una intensidad mayor. Deseaba su placer, satisfacción y deseo.
Seguimos así un buen rato, hasta que me gira y me pone en cuatro patas sobre el sillón. Me agarra con firmeza de la cintura y me vuelve a penetrar con la misma intensidad que describía recién.
Le había pedido que me eyacule en la boca, quería sentir el sabor de su semen, y así lo hizo. Sentí como se resbalaba por mí rostro, como caía en mí pelo y como entraba a mí boca.
Hoy descubrí dos cosas : que con él fue con el primer hombre que sentí un orgasmo mientras tenía sexo, nunca nadie lo había logrado; fue el primero en practicar sexo anal conmigo.
Nada es igual con él. Mí amo. Mio. Estoy dispuesta a una vida de esclavitud para él. Complacerlo me hace excitar. Satisfacerlo me da felicidad. Estar a su lado tranquilidad. Con él tengo todo lo que necesito. Mutuamente tenemos lo que necesitamos y buscábamos y encontramos de casualidad.


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